lunes, 23 de abril de 2018

El mejor poema del siglo




Terminé hace poco "Antología de la nueva poesía española" de José Luis Cano. Es una recopilación de poemas de autores del siglo XX -lo de nueva es un decir, porque el libro tiene sus décadas-, que me regaló mi señora tía, a la que debo parte de mi afición literaria. He tardado unos años en leer entero el libro, pero puedo decir que ha valido la pena. Y como alargar más el chicle es tontería, os dejo con el que es, para mí, el mejor poema del libro (o sea que puede decirse que es el mejor poema del siglo). Viva la poesía.

Leopoldo de Luis: Elegía de otoño

Las hojas del otoño flotan sobre tu brisa
y caen en el estanque solitario del alma.
Un dolor de ser otros parece que nos pesa
como unas rotas alas.
(Acaso nunca el hombre es él mismo.) Escuchamos
la voz honda del tiempo, la palabra
del tiempo que en los labios cobrizos del otoño
pone su dejo antiguo, su amarillez, y pasa.
 
Escuchamos el tiempo pasar: es un rebaño
invisible que pisa por la hierba mojada;
es una larga ronda de vientos tañedores
entre las flautas rojas de las ramas;
 
es una herida queja de líquidos metales
por fugitivos corazones de agua.
Escuchamos el tiempo y apretamos los párpados
y sentimos el tiempo en nuestras lágrimas.
 
El otoño que arde con su lumbre de gloria
presta a las cosas luz misteriosa y dorada;
toda la tierra tiene una triste hermosura
como una dulce evocación de infancia.
 
También otoño el corazón nos dora
y sus hondos paisajes nos enciende en el alma
y nos sentimos tiempo transitando, fundida
nuestra amarilla cera en las hermosas brasas.
 
Caminamos pisando un corazón de hojas.
Pisando lentamente una esperanza.
Y miramos al cielo. Y abatimos la frente.
Y decimos: -Mañana.


miércoles, 4 de abril de 2018

La clave de todo


Y es que las personas que nos rodean son, como diría Melville, "la clave de todo". Acabo de llegar de unos días inolvidables en la capital del mundo antiguo, una Roma que me ha fascinado como nunca antes. Era la tercera vez que caminaba por sus calles. Poco ha habido que visitara por primera vez. Lo distinto era la gente que me rodeaba: buenos amigos. Y esa palabra, "amigo", ha adquirido para mí en los últimos tiempos resonancias tan profundas como el cañón del Colorado (vaya mierda de comparación, pero no se me ocurría otra), que por supuesto se descojonan en la cara del concepto facebookiano de amistad. Encontrar a alguien en quien confiar plenamente, y que confía en ti, alguien con quien no tener secretos, con quien compartir lo más divino y lo más humano, alguien con quien caminar, con quien hablar, con quien hacer el tonto... es una experiencia casi insuperable.
Ayer me fui con un amigo a hacer deporte. Hace unos meses empecé un proceso deportivo arduo y hasta cierto punto humillante. Consiste en ese itinerario que todos hemos vivido alguna vez de conseguir hacer una dominada -si es que se escribe así-, levantando tu propio cuerpo por encima de una barra. Hasta el momento los resultados visibles son muy escasos, por no decir lamentables. Por eso siempre es bueno tener cerca a alguien que te anime. El caso. Ayer nos tocó al lado un personajillo al que podemos bautizar como "el Christian". No tenía pinta de tener más de diecisiete años, ni de pesar más de sesenta kilos (¿con q o con k?, eterna duda) que se acumulaban en su mayoría entre el codo y el hombro, lucía un pendientaco de los que dan "flow" en cada oreja, y tenía pinta de no haber hecho otra cosa en el último año que colgarse de la barrita de los cojones. Al ver el nivel de maestría -nulo- que un servidor desplegaba, el bueno de Christian se vio en la obligación de demostrarme "cómo va el tema". Fueron quince minutos de esos que ahorran Purgatorio. En fin, un abrazo al Christian si nos sigue desde el parque de barras. El pobre es una demostración clara de que las personas que nos rodean son la clave de todo.

Dice el bueno de Aristóteles que la amistad es "un alma en dos cuerpos". Doy fe de que tiene razón. Esa frase suya no es una hipótesis, sino que es la constatación de un hecho empírico. Posiblemente, uno de los grandes problemas de la sociedad que nos circuncida es haberse olvidado de lo que es la amistad, y uno de los grandes remedios para sus heridas es redescubrirla. Amén.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Tiempo que se convirtió en ceniza.



Tiempo. Tiempo que pasa. Tiempo que me rodea y me aprisiona, que me roba alientos sin preguntar, que me mata segundo a segundo. Tiempo que destroza instantes que debieron ser eternos, que se ceba en las despedidas, en las estaciones de tren y los aeropuertos, en los besos, los abrazos, y los “cuídate mucho”. Tiempo que no tiene corazón. Tiempo que convierte en simples recuerdos las sonrisas, los pitillos en corro, las bromas y los diálogos que cambiaron el mundo para siempre. Tiempo que convierte milenios en un ayer. Tiempo que me construye, que me crea a cada minuto, que me hace quien soy sin terminar de ser ni terminar de cambiar. Tiempo que no se para, que no me deja margen de reacción, que va demasiado rápido, e, inclemente, hace oídos sordos a un “¡espera!”. Tiempo que no para, y no parará hasta que sea todo polvo y sombras. Tiempo que me da la medida de lo hermoso, la armonía del momento exacto. Tiempo que me madura el corazón, que me lo abre a nuevos mares, y a otros corazones, y tiempo que me hace navegar en esos mares y en esos corazones, y conocer más las caras que ya conozco. Tiempo que me deja en la memoria rostros, momentos, lágrimas e historias. Tiempo que lleva hacia la muerte, y hacia lo que hay después. Porque después de que el tiempo haya hecho a todo pasar, entonces pasará el propio tiempo.

Tiempo que este año me ha dejado caras como la de Klaus, un sintecho alemán que conocí una noche de marzo en Colonia, en un local donde se daba a los indigentes cena y cobijo los sábados por la noche. Hablaba por los codos, y bromeaba cada dos por tres, riendo y haciendo reír a su alrededor. Tenía unos cincuenta o sesenta años, el pelo blanco amarillento, y una tos que daba un poco de miedo, más aún viendo que fuma, y más aún cuando te enterabas de que tenía una enfermedad incurable del pulmón. Un  brindis por Klaus, ¿quién sabe si seguirá vivo? O caras como la de Rami, un refugiado sirio que había llegado a Frankfurt huyendo de la guerra. O como la de Reinhardt, un alemán de Essen, que viaja todos los años a África, Filipinas, India y Pakistán en proyectos de solidaridad, y que me ha enseñado tantas cosas. O momentos mágicos leyendo Harry Potter bajo el sol en el jardín de la Universidad de Mainz. Y esas conversaciones de corazón a corazón con Javi y Salva, dos grandes amigos y confidentes de primera. Y nuevos poemas y progresos en la escritura, que algún día verán la luz. Y nuevos (re) descubrimientos musicales, como Fun, Passenger, Pink Floyd, AMK, Nach, Xavibo, o Fito…


Todo cosas que han pasado, y seguirán pasando, empujadas por un tiempo ciego e imparable, por un tiempo que se convirtió en ceniza, y convertirá en ceniza todo a su alrededor, sin que le podamos preguntar y sin que le interese nuestra opinión. Así es la vida.


viernes, 15 de diciembre de 2017

Golpes





Lunes por la mañana. Lluvia en Valencia. Como a buen mediterráneo -experiencia contrastada- el cielo gris me hace estar de bajón. Es una enfermedad que un lluvioso año en Alemania no ha conseguido sanar. Como tampoco la impuntualidad. Porque sí, este lunes también llego tarde a clase. Cuando llego a la facultad, voy a reprografía, a imprimir un trabajo que tengo que entregar, y me cruzo a la profesora que me toca. "Ella también llega tarde", pienso, "así que yo no llego tan tarde". Típico pensamiento valenciano. Tardo unos diez minutos en imprimir lo que necesito, y subo tranquilamente al primer piso. A la entrada de clase,  me encuentro a mis compañeros que salen. "Sólo entregar el trabajo", me dicen, "no hay clase". Como buen mediterráneo -por si no lo habías notado, este es el hilo conductor de este post- me alegro de esta noticia. Entro a clase, y voy hacia la mesa de la profesora. Con ánimo impropio de un lunes por la mañana, le hago una broma: "¡Qué pena! Yo que venía con la ilusión de tener clase...". La respuesta me deja la sonrisa helada en los labios: "Ya... Lo siento, pero es que estoy en proceso de divorcio. Mi marido ha vaciado la casa... Tengo dos hijos pequeños... Y los juicios y las citas con abogados son siempre por la mañana...". Y me cuenta un poco su vida, con cara y voz de tristeza. "Bueno, mucho ánimo", le digo antes de irme. No se me ocurre nada más. Pero me voy hacia la biblioteca para escribir en el blog -entrada que destruyó el ordenador en el que escribía, para gran desolación mía-, sumido en reflexiones melancólicas. Es el primer golpe de la semana. Pienso que es una pena. Que algo falla en un mundo en el que todo lo que vale la pena se rompe cuando no da gusto, pero también que la vida es muy complicada, que la culpa se diluye entre las circunstancias, la confusión, el dolor, el silencio y la incomprensión, que las personas no tenemos recursos -nadie nos los da- para gestionar bien el desamor. Y que no soy quién para juzgar.

Viernes por la mañana. La semana ha sido nostálgica, marcada por acordes y frases de rap -nuevo redescubrimiento-, y por algún que otro funeral. Parece que a todo el mundo le ha dado por morirse últimamente. Llego a clase -tarde- y sólo hay cuatro gatos. "Empieza una hora más tarde", me dicen. Como es habitual, no me había enterado, por no leer el correo (costumbre que, sí, también, es típicamente mediterránea). Cuando llega la profesora (no es la misma del lunes), nos explica el motivo de su retraso. "Mi hijo falleció la semana pasada". Se hace el silencio, y empezamos el test que estaba previsto para hoy. Mientras lo hacemos, me acuerdo de que un antiguo alumno de mi colegio, dos cursos por debajo, falleció la semana pasada. ¿No será? Busco en Internet. Es. Luego voy a Facebook, y recuerdo el rostro del chaval. Seguramente nunca hablé con él, pero le conocía perfectamente. Después de clase, voy a hablar con ella. "Yo también perdí a alguien muy cercano, hace ya tiempo", le digo. Y esa madre, que de milagro se sostiene en pie, me da una lección que vale mucho más que las clases de todo el cuatri. No sé si con estas palabras, pero es la idea que me queda: Son golpes que te da la vida. Hay que unirse y centrarse en los que quedan, en el amor de los que quedan.

Antes de escribir, pensaba que esta semana era difícil acabarla con esperanza, pero esa frase me la da. Y pienso en otra frase, que canta uno de esos raperos que un amigo -mediterráneo hasta la médula- me ha enseñado: "El amor es infinito mientras dura (...); el amor es infinito mientras duela". Donde hay amor hay esperanza, y donde hay esperanza hay también fe.

Ahora ya puede seguir caminando el tiempo. Nosotros seguimos caminando con él, como diría Calamaro, "con farmacia y con aguante". Pero seguimos.


martes, 31 de octubre de 2017

La vida está aquí.



En el salón, todos guardan silencio. Sólo la voz cascada del hombre, ya algo anciano, se oye, mientras docenas de estudiantes le escuchan sin parpadear. Ahora acaba de lanzar una frase, un punch, un gancho, sobre lo que importa a todo corazón humano: la vida. Todos estamos atentos a sus  labios y a su  mano derecha, que mueve hacia delante, desde sus ojos hacia los ojos de los que escuchan, mientras dice, con una voz que invita a la aventura: "la vida está aquí: en que yo te mire, y veas que te aprecio".

Y no deja de sorprenderme la razón que tiene. Porque es verdad. Es que una vida sin amor no es vida. Esta frase, propia de un Aristóteles, un Platón o un san Agustín, la acaba de decir un hombre sencillo y menudo. Pocos pueden expresar verdades tan fundamentales de la existencia, ideas filosóficas de tanto calado, sin haber estudiado una carrera, y sin utilizar un lenguaje elevado. Pero él puede. Él puede, porque se ha criado en la calle, y no le tiene miedo a nada. Porque ha hecho viajes a países lejanos sin nada en los bolsillos, ni siquiera edad para ser tomado en serio. Porque se ha enfrentado a la vida sin miedo, y ha salido adelante, porque había que salir adelante, y ha conocido a todo tipo de gente, y ha vivido mucho. Ha personificado aquella frase de Cervantes: "el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho". "Si hubiera nacido en otra época", dice en un quiebro genial, "habría sido un revolucionario. Un revolucionario... ¡pero católico!" Y me lo imagino con una metralleta, de guerrillero en la selva, o en la guerra de los cristeros de México.

En este hombre, al que -como se puede observar- admiro profundamente, todo es uno. Corazón y cabeza, vida y palabras. Me recuerda, siempre que le escucho, que la sabiduría no tiene nada que ver con tener un título, o ganar una oposición. Me recuerda que hay muchas cosas alrededor de las cuales gira nuestra existencia, que no importan nada, que el dinero no es que sea secundario, es que no es nada. En él veo a un maestro. Alguien que ha mirado siempre las dificultades a los ojos, que se ha equivocado mucho, que ha sufrido mucho, y ha aprendido de todo eso, sacando una enseñanza para el mañana. Alguien al que se puede imitar, o al menos escuchar. Él es Pedro Cortés, y su curricúlum es estar una hora escuchándole. Nunca deja indiferente.

domingo, 30 de julio de 2017

Pensamientos sobre Harry Potter


Yo confieso ante vosotros, hermanos... Siempre pensé que Harry Potter era un libro para niños. Por eso, cojí con un poco de vergüenza hace unos tres meses Harry Potter 3: El prisionero de Azkaban. Llegaba de dos fracasos contundentes: un libro de Rilke, y otro de Zweig (ambos en versión original) que me habían superado, y que dejé al cabo de unas treinta páginas. Así que me decidí por algo sencillo. Y Harry Potter me enganchó como no me esperaba. Así que después del 3, fui al primer libro, y después a los demás -excepto el 2, que no pude encontrar-. Como resultado, en dos meses leí seis de los siete libros de Harry Potter en alemán. Me metí en la historia, y la viví. Conocí a los personajes, disfruté con ellos, reflexioné con ellos,  me enfadé con ellos, me reí con ellos, me planteé sus problemas. Y adiviné, como había sido incapaz de adivinar cuando los leí hace unos diez años, una trama interna que recorre la historia, que tiene que ver solo en parte con lo que acontece, una trama de ideas que Rowling trata, de temas que aparecen, a los que Harry y yo nos enfrentamos. Descubrí que los dos grandes temas de Harry Potter son el amor y la muerte. El amor es el gran mensaje de Dumbledore -con diferencia, mi personaje favorito-: el amor es la más poderosa de las magias, mucho más poderosa que el odio, y por la cual vale la pena dar la vida. Porque por amor mueren más de uno de los personajes -los primeros de ellos Lily y James-, y, porque aman, no tienen miedo a la muerte. Descubrí, además, que por amor uno de los mejores personajes de Rowling -Snape-, encarna otro de los grandes temas: el arrepentimiento. La muerte es la otra gran cuestión. Una de las grandes frases -posiblemente prestada de otra obra- de Dumbledore, es pronunciada en el primer libro, cuando dice que "la muerte es, para el espíritu bien preparado, sólo la última gran aventura". Ese enfrentarse a la muerte está presente a lo largo de la serie, pero sobre todo en el séptimo libro, en el que Harry también se enfrenta inerme a la muerte, por salvar a los que ama, y en el quinto libro, cuando tiene que soportar la muerte de uno de sus seres más queridos. El que ama es capaz de enfrentarse a la muerte, y por eso Dumbledore lo hace sin problemas, mientras que Voldemort se convierte en un villano por su terrible miedo a ella.
Amor, muerte, arrepentimiento. Y también amistad, nobleza, el valor de los recuerdos, de la familia... Mi gran conclusión es que Harry Potter no es un libro para niños. Es una novela de detectives, de aventuras, de fantasía, de acción, de suspense y -también-, una novela de pensar.

viernes, 5 de mayo de 2017

Selección de versos.



Pues eso, que he cambiado un poco el diseño del blog. No me acaba de convencer, así que quizás lo vuelvo a cambiar, pero hacía falta un lavado de cara, como el que hacen los políticos con partidos que tienen fama de corruptos, o de nazis, como CiU o el Frente Nacional, respectivamente (un guiño a nuestros vecinos franceses, que el domingo se la juegan a todo o nada). Además, aprovecho para poneros un par de versos de mi querido Antonio Machado, al que últimamente estoy frecuentando. Ahora que lo pienso, es el poeta al que más he leído en los últimos veinte años. Me ha gustado mucho lo del "bostezo universal". Un grande.

Elegía de un madrigal. 
Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,
¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,
bajo el azul monótono, un ancho y terso río
que ni tenía un pobre juncal en su ribera.
¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia
que borra el misterioso azogue del cristal!
¡Oh el alma sin amores que el Universo copia
con un irremediable bostezo universal!

*

Quiso el poeta recordar a solas,
las ondas bien amadas, la luz de los cabellos
que él llamaba en sus rimas rubias olas.
Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...
Y un día -como tantos-, al aspirar un día
aromas de una rosa que en el rosal se abría,
brotó como una llama la luz de los cabellos
que él en sus madrigales llamaba rubias olas,
brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...
Y se alejó en silencio para llorar a solas.

domingo, 16 de abril de 2017

Miradas y sombras.

Gustave Courbet: La Dama de Frankfurt


El otro día tuve la suerte, por primera vez desde que estoy en Alemania, de visitar un museo. La última vez que había estado en uno fue en el de Bellas Artes de Bilbao, que deparó alguna que otra sorpresa. Esta vez el afortunado fue el Wallraf-Richartz Museum de Colonia. Es un museo relativamente pequeño, con obras medievales, barrocas y del siglo XIX (etiqueta un poco generalista e inexacta que agrupa barroco tardío, impresionismo, realismo, post-impresionismo, expresionismo...).
Por elegir sólo cinco obras, pongo las siguientes.
El Ecce Homo de Bernardino Luini fue la primera obra que me golpeó (supongo que el hecho de ser Sábado Santo tuvo su influencia). Cristo pierde en el infinito la mirada. Tristeza, nostalgia, mansedumbre, dolor... Todo entre dos párpados.
La Magdalena penitente de Murillo también tiene una mirada particular. El resto del cuadro es accesorio: el rostro es lo esencial. Contemplándolo unos minutos se capta lo que el autor ha querido plasmar: la situación interior del miserable que ha encontrado a Alguien que le perdona, le devuelve la dignidad, y le redime para siempre.
Otra mirada que me rompió el saque fue la de Nanna, la modelo italiana favorita de Anselm Feuerbach. Una mirada más seria que triste, más en sombras que clara. La mirada de alguien que ha sufrido y se ha endurecido por dentro, formando un carácter fuerte y decidido, una mirada que se esconde orgullosa, mirando hacia otro lado.
El Prometeo encadenado de Jordaens me pareció una maravilla de lo barroco: lleva hasta el extremo la ruptura de las dos dimensiones medievales. Eso, y la expresividad de la cara de Prometeo, para ver la cual hay que ponerse cabeza abajo, forman una obra maestra.
Otro cuadro que me maravilló fue "El fabricante de plumas" de Lievens. El juego con las sombras y el sol, que entra por la izquierda y por delante, recuerda a Caravaggio, aunque quizá las figuras no estén tan definidas como las del italiano.
Os dejo con las obras, para que las disfrutéis, aunque, como siempre, en vivo mucho mejor.


Bernardino Luini: Ecce homo

Murillo: Magdalena penitente

Anselm Feuerbach: Nanna

Jacob Jordaens: Prometeo encadenado

Jan Lievens: Der Federschneider

jueves, 13 de abril de 2017

Libros.



El curso empezó como había terminado el anterior, y el verano, con la primera parte de "El Señor de los Anillos" en las manos. Un clásico. Siempre es recomendable volver a leer el libro, aunque sea para darse cuenta de la infinidad de detalles y sucesos que no recoge la película.



Y aquello continuó, con un viejo conocido de la infancia-adolescencia, "Corazón de tinta", de la alemana Cornelia Funke, aunque esta vez en inglés. La historia despide por los poros amor por la literatura, los libros, y un fino sentido del humor, con personajes que resultan muy cercanos, y una trama enganchante. Uno de los libros que más a gusto he re-leído últimamente.


En algún momento del curso, di el salto del inglés al alemán, y empecé a leer en la lengua de Goethe. El primer intento, "Erzähler der Nacht" (El contador de historias de la noche), de Rafik Schami, acabó en fracaso, no tanto por falta de voluntad como porque apareció otro competidor más interesante, llamado "Die Weiße Rose" (La Rosa Blanca), de Inge Scholl, la hermana de Hans y Sophie Scholl, los dos conocidos estudiantes que, junto a otros, formaron un grupo de resistencia intelectual y propagandista al régimen nazi. La historia de Hans es especialmente apasionante, aunque el libro en general está más pensado en clave histórica que novelística.


El siguiente libro en caer en mis manos fue "El despertar de la Señorita Prim", de Natalia Sanmartín. Había oído hablar maravillas del libro, por parte de mucha gente. Sinceramente, después de leerlo, puedo decir que, siendo recomendable, no es un libro de esos que dejan huella. Cargado de diálogos interesantes pero no brillantes, el resultado de los mismos y de los acontecimientos es bastante predecible, y el ritmo quizás demasiado lento.

Después de terminar el anterior libro, durante un breve viaje de vuelta a mi tierra, leí en poco tiempo "Correr para vivir", del corredor olímpico Lopez Lomong. Es una historia apasionante, contada con una sencillez asombrosa y a veces demasiado inocente. Es el testimonio de la vida azarosa de una persona que ha sufrido mucho, pero que ha recibido la oportunidad de salir de la miseria, y que por eso se siente eternamente agradecido.

Por último, y aún caliente en mis ojos (lo he terminado hace unas horas), está el tan comentado libro de Alessandro D´Avenia, "Blanca como la nieve, roja como la sangre". El escritor italiano se mete en la cabeza y el corazón de un chaval de dieciséis años, el típico adolescente que no sabe ni cómo se llama, pero que trata de descubrir su sueño, y de conquistar a la chica de esos mismos sueños (esta palabra, "sueño", es, junto con "rojo" y "blanco", la palabra del libro). La historia engancha desde el principio por su lenguaje -desenfadado, juvenil, y soñador-, por los temas tratados -el amor, la felicidad, la libertad, Dios- y por un envoltorio literario, cargado de citas de Dante, Homero y otros escritores griegos. El libro es un éxito comercial, y tanto él como su autor están en boca de todos. A mí me ha gustado mucho, sobre todo por muchas de las ideas que desprende, por el ambiente mental en el que se mueve (el de un chaval que sobre todo sueña y a quien el mundo se le queda pequeño para sus sueños), y porque no es una historia en la que todo sale bien. Sin embargo, pienso que D´Avenia comete dos errores en la historia, que hacen que no me termine de convencer: primero, entre todos los temas fundamentales que trata, se deja uno clave: la amistad. Ninguna historia de amistad verdadera -más allá del colegueo- aparece en el libro. Y ese es uno de los grandes problemas de hoy, la incapacidad de hacer amigos, y la obsesión con hacer sólo romances. D´Avenia cae también en ese error. La segunda pega que le pongo es el final, que no revelo para quien tenga interés en leerlo y no lo haya hecho aún (cosa rara). Sólo diré que me resulta forzado, antinatural: yo no habría terminado así. Pero yo, naturalmente, no soy él.

Hasta aquí la crónica de estas últimas lecturas. Reconozco que no tengo un don especial para hacer reseñas de libros, pero por algo se empieza. Los recomiendo todos. Ahora, a por el siguiente: Rilke.




martes, 11 de abril de 2017

En movimiento


Hace mucho que no cuento nada a nadie en este blog. Quizás no me lee ni su padre. Quizás nunca nadie lo ha hecho. Pero, en realidad, hay mucho que contar. Hay mucho que decirle al mundo. El objetivo de este blog sigue ahí delante, intacto: cambiar el mundo. O ayudar a cambiarlo. Lo más digno de contar que tengo ahora son mis viajes, mis movimientos por este mundo tan bello y a la vez tan atormentado. Tanto me he movido en los últimos meses, que he acabado por cansarme de moverme, cuando aún quedan unos cuantos meses para que acabe el baile. Desde agosto, he vivido en siete ciudades, tres países, y dos mundos. En Bilbao, Madrid, Valencia, Jerusalén, Colonia, Frankfurt y Mainz; en España, Israel y Alemania. En mi pequeño mundo valenciano, y en este sorprendente, distinto y hasta cierto punto cautivador mundo alemán. He estado en algún que otro autobús, en cinco aviones y en Dios sabe cuántos trenes, entre distintas ciudades de Alemania. Entre las joyas visitadas, creo que valen la pena especialmente Münster y Aquisgrán (Aachen), y, por supuesto, la catedral de Colonia. He recorrido arriba y abajo el Rin. Montado en un tren surcando sus riberas he vuelto a escribir poesía de esa de la que te enorgulleces. También he vuelto a tener tiempo para leer con más tranquilidad. Durante el curso han pasado por mis manos Tolkien, Funke, Ratzinger, Scholl, D´ Avenia y algunos más. Espero poder hablar de todo esto y mucho más esta misma semana: libros, ciudades, ríos y poesía, ¿quién da más?

jueves, 22 de septiembre de 2016

Lo humano.


Dos de la tarde. Aún no es verano, pero a estas horas, por Valencia, siempre hace calor. Camino con tranquilidad: llego a casa con tiempo. Por mi cabeza van al trote pensamientos que ya no recuerdo: seguramente recuerdos del día u otras cosas. Pero no tengo los ojos cerrados, y veo cómo, después de una semana, el cartel electrónico –de esos que son varios anuncios que se van ocultando y cambiando por otros- sigue averiado. Paso por delante del anuncio, pensando en que habrá que escribir una entrada en el blog sobre esto. Pero la cuestión no acaba aquí. Al pasar el paso de zebra me cruzo con una madre que camina con su niño. Sólo alcanzo a escuchar una parte de la conversación, que podría ser así: “-Y, las estrellas… ¿por qué no se caen?”. Y la madre, puesta en apuros: “Porque están atadas a los planetas, cariño, y dan vueltas a ellos, como si fueran un yo-yo”. "Aaalaa...". Siguiendo el camino, unas señoras mayores cotilleaban sobre lo de siempre, sobre el vestido de Josefina, lo apañado que parecía el sobrino de Juana y lo mucho que tardaba el autobús. Al llegar a casa, dejé la mochila, y respiré aliviado: “hogar, dulce hogar”.

Y fue esa mañana cuando quedé convencido de que lo humano vencerá cualquier desafío. Quedé convencido de que hay cosas que no son mutables por las ideologías, ya sea el capitalismo comercial, que haría lógico que un cartel averiado se cambie cuanto antes, o la ideología de género, que hace a los niños o a las abuelas que esperan el autobús preocuparse por lo que no les importa, y dejar de preguntarse por lo realmente importante. Quedé persuadido de que lo humano es invencible, de que lo humano prevalecerá, de que los niños siempre harán preguntas, las madres siempre las responderán, las abuelas siempre hablarán alegremente sobre cosas sin importancia, y el hogar siempre será el lugar al que se vuelve, porque está lleno de historias, de preguntas siempre sin resolver y de amores sin condiciones. Por todas partes amores sin condiciones.

domingo, 24 de abril de 2016

Homage to Cervantes.




"Woody Guthrie, te escribí una canción". Así cantaba el primer Dylan a su ídolo del folk. Y algo parecido quería yo escribirle a nuestro querido Miguel. Una canción sobre este mundo nuestro, que, como también cantaba la leyenda del rock, "looks like it's dying, and it's hardly been born". Un mundo que necesita del espíritu del Quijote, que es el espíritu de Cervantes. Y ese es un espíritu de épica, de locura, de humor y de sensatez. Es un espíritu de aventura, de hacer cosas grandes y reírse de ellas, porque lo que importa no es lo que se hace, sino lo que se busca. Miguel, quería escribirte una canción que ensalzara tu vida. Una vida con batallas, con prisiones, con peleas y con Dulcineas del Toboso. Una vida con caminos, libros y diálogos sin fin. Una vida errante a veces pero idealista siempre. Una vida con lo puesto, y a veces también sin ello. 
La vida de las grandes personas es una vida apasionante, en el más puro sentido de la palabra, una vida que tiene dentro el afán por lo eterno, la búsqueda constante de lo infinito y que, por eso, apasiona a quien la contempla o a quien simplemente llega a vislumbrarla de lejos. Una vida que se disfruta hasta el último instante. Y la vida de Cervantes debió ser, como el Quijote, un clásico. La mayor peculiaridad de los clásicos es que nunca pasan de moda. Siglos después de ser escritos, esculpidos o filmados siguen haciendo a este curioso tipo de vida que somos los seres nacidos de vientre de mujer llorar, reír, sufrir y vibrar de la misma forma que hicieron llorar, reír, sufrir y vibrar a quienes los leyeron el día de su estreno. La vida de Cervantes fue un clásico, porque fue la vida de un apasionado, la vida de quien busca sin cansarse, la vida de quien quiere meterse el mar en la boca y de quien ve los ojos de Dios brillar en los ojos del ser amado, la vida de quien sabe que lo humano es tan gigante y extraño que no cabe en cientos de libros, por muy largos que sean. Es la vida de quien sabe que la vida del hombre sobre la tierra es una batalla, una broma, un juego, un viaje y una locura, y que para vivirla es necesario convertirse en un caballero andante que ve en todo un reto, una pasión, un amor y una misión épica. Así fue la vida de ese famoso desconocido que es don Miguel de Cervantes, del soldado, el caminante, el fugitivo, el funcionario resignado y el hombre de letras. La vida del mayor hombre de letras de la cultura española.

Feliz centenario, Miguel, nos vemos pronto entre tus páginas.


lunes, 1 de febrero de 2016

Mankell contra Salinas.



Desde hace unos cuantos años, le tengo verdadera devoción literaria a Henning Mankell. En las páginas de sus novelas se entremezcla la tensión, llevada maravillosamente a lo largo de cientos de páginas, la reflexión existencial y la crítica social. Cuando me enteré de que padecía cáncer, y de que estaba escribiendo su propia muerte -eso entendí yo al principio-, me dio a la vez una cierta pena y expectación por conocer el resultado, por saber cómo una pluma como la suya, no la de un filósofo, pero sí la de un escritor vivencial, narraba lo que sería su propia muerte. Más adelante, cuando vi el libro en una librería, vi claro que tenía que leerlo. Supe que el libro no iba sobre la muerte de Mankell,  sino más bien sobre su vida. Pero he ahí la cuestión: la actitud ante la muerte es la actitud ante la vida.

Lo más interesante de esta autobiografía no es la forma, sino el fondo, o, mejor aún, la persona que se esconde tras el fondo. Pocos expresaron tan bien la búsqueda de la identidad de la persona como Pedro Salinas, cuando escribió:

Lo que eres
me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.

No hay, en una biografía, y quizá menos en esta, una búsqueda tan importante. Es necesario pasar por encima de lo meramente explicado, de lo que "aparece" del autor, quitarle -como también dice Salinas- "los trajes, las señas, los retratos" , quedarse con él, con el puro pronombre, y adentrarse en su forma de ver la vida, en su mentalidad. Cuando uno hace esto con el "Tolkien" de la novela negra, advierte, ante todo, un aspecto que se repite a lo largo de todo el libro: la individualidad solitaria de su autor. Henning Mankell habla de su vida, y únicamente de su vida, de sus traumas, de sus aventuras, de sus viajes, de sus momentos de alegría, de sus descubrimientos vitales... Podría pensarse que es lo normal en una autobiografía, pero la verdad es que este dato es precisamente lo preocupante de esta biografía, lo que la hace especialmente cargante y especialmente triste. Porque las vidas que son sólo una son muy pobres. Las vidas que sólo incluyen a una persona que las vive son inmensamente aburridas, y encuentran -como encuentra nuestro autor- frecuentes temporadas de hastío. Mankell se enfrenta ante la vida, pero se enfrenta él solo. No busca ayuda en nadie más, ni en otras personas, ni en Dios, a quien niega, por una "impresión" de que los creyentes lo son por miedo a la muerte. Curiosamente, también afirma -en el que yo considero el mejor capítulo del libro- que sin esperanza no puede haber dios, y él no pierde la esperanza. 
Entonces, Henning, ¿qué? Aparentas esperanza, pero estás más solo que la una, y ¿qué esperas cuando niegas lo único que cabe esperar? Te enorgulleces de una vida que, sinceramente, es poca cosa comparada con lo que habría podido ser, y te enfrentas a la muerte como un estoico. 
Pero nadie puede permanecer estoico hasta el final, porque ningún estoico ha vencido a la muerte. Descansa en paz. 

viernes, 6 de noviembre de 2015

The walking paradox (I).


Una de las paradojas más ordinarias, más cotidianas, y, si se quiere, más discutibles, la encontramos, sobre todo en verano, al salir a la calle. Podría enunciarse así: "lo mejor que tiene el sol, es la sombra que produce". Pocas cosas hay mejores que sentarse, un día de sol, a la sombra de un árbol a leer, escribir, tocar la guitarra, o disfrutar de una tertulia con familiares o amigos. Esto ocurre, a otra escala, también en el campo de las ideas. Las figuras más interesantes, más sugerentes, más heroicas, y en ocasiones las más destructivas, son aquellas que se oponen, en su época, a las ideas que su época enarbola como bandera. La Atenas sofista nos regaló a Sócrates, padre de Occidente; el cartesianismo del siglo XVII nos trajo, como un rayo, a Pascal, que pensaba con el corazón; y, en medio del siglo XX, en un Estados Unidos marcado y herido por la segregación racial, brilla la estela de Martin Luther King, clamando por la libertad. Algo similar ocurre con el autor del que quiero hablar, Gilbert Keith Chesterton. Él es el grano en el culo de la Modernidad.
Este verano he tenido la gran suerte de leer decenas de artículos suyos, agrupados en un libro de ensayos, y he disfrutado enormemente. Chesterton es un autor diferente, alternativo. Sí, quizá esa es su palabra: alternativo. Ante sus obras nos encontramos una mente que parece tan abierta como la de un estudiante universitario, tan preocupada por la sociedad como la de una madre de familia, tan grave como la de un obispo, tan irónica como la de un humorista. Parece que Chesterton siempre te entiende, que piensa como tú. Si Chesterton hubiera sido transportado por una máquina del tiempo de 1915 a 2015, y hubiera sido ubicado en el Paseo de la Castellana, habría mirado a su alrededor un par de veces, habría encendido un puro, y se habría puesto a caminar por las calles, reflexionando sobre lo que veía, sin inmutarse lo más mínimo. Y sus conclusiones, ciertamente, tampoco habrían sido muy distintas de las que sacó en su época: la sociedad de hoy ya tenía entonces puestas sus bases.
Las tres cosas que yo destacaría de Chesterton, después de dedicarme a él con bastante amplitud, son: su dominio de la paradoja, su ironía y su descubrimiento, bajo las realidades más normales, de un mundo de fantasía y de significados encerrados, que conforman una realidad paralela, hermosa, e, incluso, más real que la que vemos cada día.
Chesterton era la paradoja andante, y leyéndole, uno se convence definitivamente de que la realidad, es, ciertamente, paradójica. Una paradoja es una afirmación que, en primer término, debería ser contradictoria, pero que, si se profundiza en ella, se llega a la conclusión de que es más verdadera que cualquier otra afirmación sobre esa misma realidad. Frases tan sugerentes como "supongo que antes o después se suplirá esta carencia, en un sistema comercial que da respuestas inmediatas a cualquier demanda, y en el que todo el mundo parece estar insatisfecho y ser incapaz de conseguir nada de lo que quiere"; "esperaban, sí, pero podría decirse que esperaban el ayer", o "los americanos no tienen nada malo, salvo sus ideales", le coronan como eso, la paradoja andante. Chesterton es eso y mucho más. Es un autor al que hay que volver constantemente, que siempre tiene algo que decir sobre todo. Es un hombre apasionado, un enamorado. Eso, un hombre que supo contemplar lo que tenía delante, enamorarse de lo bueno, reírse de lo malo y de sí mismo, y reconstruirlo todo a partir de lo bueno.


lunes, 7 de septiembre de 2015

Dostoyevski, el psicólogo.


Este verano he leído, por primera vez, una obra de literatura rusa. La afortunada ha sido "El idiota", de Dostoyevski. Lo que me propongo aquí es dar una idea general de la obra y de su autor, basándome sólo en lo que he leído. 

Lo que más llama la atención en libro es el retrato psicológico de los personajes. En la obra se reflejan personalidades de lo más diverso, y ninguna enteramente atractiva, ni siquiera la del protagonista, el príncipe Mischkin. Éste es un joven infinitamente honrado, bienpensado y sencillo, que choca con la realidad artificial, protocolaria y falsa de la burguesía rusa. En esa realidad, al contrario que en la del príncipe, no se sabe a ciencia cierta si lo que dice alguien es lo que piensa, o si se puede o se debe confiar en los amigos. Dostoyevski, al parecer, contrapone esas dos actitudes vitales: o la hipocresía o la ingenuidad. Al mismo tiempo, contrapone los hechos que ocurren con la idea que los personajes se forman de ellos (el "aparecer" de la realidad, y su "parecer" en la mente de los individuos). Multitud de páginas de "El idiota" son pensamientos de sus personajes, o conversaciones que delatan esos pensamientos. 
Entre esas conversaciones son de un valor precioso las que reflejan el alma y el corazón de Dostoyevski, que quizá sea también el alma rusa. Entre otras, destacan algunas sobre Dios, el cristianismo, la pena de muerte, y una dura condena del catolicismo romano. Y la frase, cien veces repetida en la historia, y que aparece de manera indirecta en los labios de Mischkin varias veces en el libro, de que "la belleza salvará al mundo".
La personalidad del príncipe, el protagonista, es atractiva desde el primer momento: se trata de alguien inteligente, honrado, filosófico... En las primeras páginas se espera constantemente que vuelva a aparecer, para terminar de captar cómo es. En paralelo a él, se encuentran otras dos personalidades: Nastasia Filippovna e Ippolit. La primera es un rostro hermoso, que esconde un alma atormentada, pero que, en el fondo, es preciosa como la del protagonista. Se oculta entre los pliegues de la sociedad corrupta y bienoliente, y se burla de ella en la cara. Esta doble realidad yaciente en una misma persona la hace un personaje algo peculiar e incluso desequilibrado, pero colosal. La segunda personalidad paralela al príncipe es Ippolit, un joven tuberculoso, siempre en trance de morir, desengañado y profundamente crítico con la sociedad. Los tres (el príncipe, la mujer y el enfermo) se oponen frontalmente al resto de personajes -con alguna excepción-, que son con frecuencia mentirosos, desconfiados y crueles. Esta es la contraposición que presenta Dostoyevski: hipocresía o desengaño, crítico o ingenuo. Fariseísmo u honestidad brutal. Falsedad o sinceridad. Sinceramente, al final del libro uno se decidiría por lo segundo, pero no con el ánimo muy alto.

sábado, 8 de agosto de 2015

La mirada de Clotilde.

Tuve la suerte, hace unos días, de visitar el museo instalado en la casa madrileña de Joaquín Sorolla, dedicado al pintor valenciano. Lo que vi allí me dejó lleno de luz. Y no es para menos. La pintura de Sorolla encierra en cada lienzo el color y la luz del amor a la vida. De hecho, esto es precisa y exactamente lo que busca encerrar, y lo que encierra.


Todo el Museo Sorolla -y quien ha estado ahí lo sabe- podría resumirse en unos ojos, en un rostro, en una persona, un amor. Su nombre era Clotilde. Sencillamente, sin Clotilde no existe Joaquín Sorolla. Y, sin Sorolla, no hay luz en España, y hay un poco menos de luz en el mundo. Decía Platón -y tenía razón- que el ser divino tiembla en los ojos del ser amado. También se ha dicho muchas veces que los artistas son aquellos que saben hacer más translúcido el velo que separa a los hombres de Dios, y eso es lo que plasman en sus obras. Cuando se tiene un amor, se tiene un universo. En cierta medida, se tiene un dios, o a Dios, según los gustos (este blog no es un blog de teología). Esto es lo que explica toda la pintura, y toda la vida de Sorolla. En el cuadro que preside estas líneas se advierte paradigmáticamente. Las flores, llenas de color y de vida, de esa luz que es el objeto de la sempiterna búsqueda del genio que es Sorolla, son equivalentes a su esposa. Y todo lo que pintaba Sorolla era color, luz y vida. Todo lo que pintaba Sorolla era su amor, y no pintaba nada fuera de ello, de ella. Su amada, como el ser divino, estaba escondida en esos niños disfrutando en la playa, en esa niña saltando a la comba, en ese paseo frente al mar, en esas barcas valencianas. Lo más excelso en lo más cotidiano. Como el amor.
Sorolla, un hombre enamorado, un pintor que vale la pena descubrir. Una mirada, un rostro, un nombre. Clotilde.


jueves, 28 de mayo de 2015

Nelson Mandela, o las dificultades en la verdad periodística.


He leído recientemente una biografía de Nelson Mandela. La verdad es que me picaba la curiosidad. Desde pequeño había escuchado su nombre, y siempre con palabras elogiosas, pero nunca supe realmente qué diantres había hecho aquel sonriente hombre negro y sonriente por el mundo. El hecho de que sea negro no debería aportar nada a la descripción sobre él, pero la realidad es que, en su historia, sí importa, y mucho.
En la biografía que he leído -"El factor humano" de John Carlin- se vislumbra la personalidad y el genio de Mandela. Era, y eso no cabe dudarlo, un gran hombre. Y su mayor obra, tampoco creo que quepa dudarlo, es el perdón. Perdonar no es nada fácil, y menos cuando se tiene motivos más que fundados para no perdonar. Mandela fue capaz de perdonar a quien, ciertamente, y mirando según lo humano, nunca nadie habría perdonado estando en su sano juicio. Perdonó a muchos asesinos, y a los que habían convertido su vida y la de los negros de su país -salvo curiosas excepciones- en un auténtico infierno. Y eso es heroico.
Sin embargo, debo decir -y por eso el segundo título de esta entrada- que, junto a ello, no es justo resaltar la figura de un hombre grande como si sólo hubiera hecho heroicidades, como si todo fuera luz, y no hubiera sombras en su vida. En este libro se olvidan -simplemente se mencionan- los años , en los que Nelson fue un terrorista, y en los que cometió atentados por su propia mano. El libro está escrito por un periodista, y la verdad periodística es frecuentemente injusta, tanto con los que aparecen como genios como con los que aparecen como malditos. Esto es así, porque los periodistas tienen, por obligación, que resumir la realidad. Y, al resumirla, de vez en cuando mutilan la verdad, queriendo o sin querer. A veces, quienes son inocentes aparecen bajo serias sombras de sospecha, y quienes son grandes hombres aparecen como héroes. Supongo que tendremos que vivir con ello. Vale, mientras seamos conscientes.

sábado, 16 de mayo de 2015

The King is Gone.


"The thrill is gone, baby. The thrill is gone away from me". Esto cantaba B.B. King, allá por los años setenta. Este fue el tema que lo llevó a la escena mundial, y el buque insignia del blues del siglo XX. El otro día fue él, el rey, el que se marchó. Se marchó buscando esa emoción que se le fue por aquel entonces. Espero que la haya encontrado.
Decía Nelson Mandela que la democracia es aquel sistema político en el cual el hijo de un granjero puede llegar a ser presidente. B.B. King -siendo hijo de un granjero-, llegó a ser más que presidente. Llegó a ser rey. Rey de todo un género músical, que esta semana llora la pérdida, que lo deja huérfano, de quien se lo dio todo, con su voz inconfundible, su estilo del delta, y su sonrisa sempiterna. Él ha sido uno de los mayores guitarristas de la historia del rock. Desde luego, el mejor dentro del blues, y uno de los privilegiados que puede entrar en ese Olimpo de la guitarra, habitado por Jimi Hendrix, Mark Knopfler y Eric Clapton, entre otros.
B.B. King no sólo fue un gran músico. Yo diría que fue la representación perfecta de lo que es un bluesman. Un hombre itinerante -en todos los sentidos-, sin una patria territorial, y con un corazón enamorado de la belleza de vivir, aunque quizá desprovisto de una cabeza fría para amar con toda la vida. Eso sería pedir demasiado a alguien que sólo ha conocido la penuria de los campos de algodón, y, después, los aplausos debidos a un genio, el éxito y la euforia del blues.
No era un mal hombre. Sólo un bluesman, alguien que camina, un genio sin otra patria que su guitarra y el corazón de las personas, enamoradas del sonido, triste y alegre, tranquilo y eufórico, del blues.
Nos veremos, Riley, tú le pondrás banda sonora a la Eternidad. Descanse en paz.

martes, 24 de marzo de 2015

Begin again.


Soy un amante de la música. Y, para mí, eso significa una actitud de rechazo a lo que hoy se escucha. Odio toda la música que pueda calificarse como comercial, electrónica, fácil, estrambótica... Y por eso me ha gustado esta película.
El guion es sencillo. Una encantadora y desengañada Keira Knightley se encuentra con un productor de música (Mark Ruffalo) con una vida desarreglada y que, medio borracho, ve en ella una gran promesa, y se lanza a producir un disco con ella. La idea que subyace detrás de toda la grabación es el rechazo de "lo que se vende", para cantar "lo que es bueno".
No es que sea un rodaje espectacular ni aparatoso. De hecho, parece todo bastante sencillo. Sin embargo, alguna toma es realmente buena.
Y, lo que me parece más importante, las ideas de fondo, que se pueden resumir en el valor de la amistad y del amor, y la necesidad, para triunfar tanto en la vida como en la música, de ser tú mismo. En este sentido, es digna de ser enmarcada la conversación de Gretta con la hija de Dan, que, en poco tiempo y de manera desenfadada, es capaz de transmitirle seguridad, ilusión y una serie de valores que el padre era incapaz de contagiarle. Esta es quizá otra de las ideas interesantes de la película: la importancia en las relaciones humanas de la comprensión, de tener a alguien que escuche, y alguien que sepa estar ahí para animar. Al final de la historia, el perdedor es el egoísta, que hace la música más comercial, y se enamora del éxito. Los ganadores son los que aprenden a ser ellos mismos , para poder así ser amados -la hija de Dan, la propia Gretta-, y, también, los que saben pedir perdón, como Dan y su esposa.
En fin, una historia de amor y de vida, rodeada de un ambiente "indie" que le da a todo un toque alternativo. Es como una nota discordante en el universo en el que siempre vencen los fuertes y los individualistas, y en el que el respeto por la persona queda un poco al margen. En esta historia aparece francamente bien retratado, de una manera fresca y moderna.

martes, 27 de enero de 2015

Los pantalones "slim fit".


Me debo estar volviendo gilipollas. Hace varios meses que decidí dejar este blog, y, ahora, cuando resulta que ya lo tenía olvidado, y de rebote, va un amigo y me dice que le gusta, que está bien, y tal. -Pero... ¿y el otro, el que te recomendé?
-Bueno, ese también está bien... pero el de "nosequé" del mundo mola más.
¡Qué remedio! Y resulta que ahora, vuelvo a entrar en este desierto cibernético, y descubro, con gozo, que sí, que hay cosas bien escritas aquí, cosas hechas con ganas de cambiar el mundo. No otra cosa me impulsó a abrirlo hace ya más de cuatro años, y no otra cosa me impulsa a reanimar al difunto hoy mismo.
Otra cosa por la que me parece que sucede lo que afirmo en la primera línea, es mi aparente desconexión del mundo de las modas. La última vez que fui a comprarme pantalones -in illo tempore- me desesperé por completo. En toda la tienda, el 80% de los pantalones eran o "slim fit", o, mucho peor aún, "skinny fit". Horrible. ¿A quién se le ocurrió la idea? No sé, pero parece ser que alguno de los ideólogos de la moda decidió que los hombres deben llevar pantalones apretados, para que se les corte la circulación de las piernas, quizá por alguna confabulación metafísica, o quizá porque se le pasó en ese momento por la cabeza y lo escupió. Quizá tenga que ver con la ideología de género -las chicas también llevan pantalones apretados...-, o quizá sea una idea de un modista pirado al que todos miraron en plan "guau, es un genio" cuando dijo la consabida idea peregrina. Y, aquí viene -como dijo Pablo Iglesias en Barcelona-mi titular de hoy : ¡lo que está de moda no es lo mejor! Rotundamente no. Jamás será mejor llevar pantalones incómodos, simplemente porque todo el mundo los lleva. Es simplemente absurdo. Las modas coartan la libertad racional del ser humano, porque, ¿a qué hombre en su sano juicio se le ocurre vestir de manera que no pueda ir más incómodo? Sin embargo, si todos llevan pantalones que parecen una segunda piel, y que ahogan las pantorrillas cual ataque de asma, todos a llevar los dichosos pantaloncitos. Es, simplemente, absurdo.
Ya está, ya lo he dicho.
Queda inaugurado este pantano.

El mejor poema del siglo

Terminé hace poco "Antología de la nueva poesía española" de José Luis Cano. Es una recopilación de poemas de autores del si...