domingo, 16 de abril de 2017

Miradas y sombras.

Gustave Courbet: La Dama de Frankfurt


El otro día tuve la suerte, por primera vez desde que estoy en Alemania, de visitar un museo. La última vez que había estado en uno fue en el de Bellas Artes de Bilbao, que deparó alguna que otra sorpresa. Esta vez el afortunado fue el Wallraf-Richartz Museum de Colonia. Es un museo relativamente pequeño, con obras medievales, barrocas y del siglo XIX (etiqueta un poco generalista e inexacta que agrupa barroco tardío, impresionismo, realismo, post-impresionismo, expresionismo...).
Por elegir sólo cinco obras, pongo las siguientes.
El Ecce Homo de Bernardino Luini fue la primera obra que me golpeó (supongo que el hecho de ser Sábado Santo tuvo su influencia). Cristo pierde en el infinito la mirada. Tristeza, nostalgia, mansedumbre, dolor... Todo entre dos párpados.
La Magdalena penitente de Murillo también tiene una mirada particular. El resto del cuadro es accesorio: el rostro es lo esencial. Contemplándolo unos minutos se capta lo que el autor ha querido plasmar: la situación interior del miserable que ha encontrado a Alguien que le perdona, le devuelve la dignidad, y le redime para siempre.
Otra mirada que me rompió el saque fue la de Nanna, la modelo italiana favorita de Anselm Feuerbach. Una mirada más seria que triste, más en sombras que clara. La mirada de alguien que ha sufrido y se ha endurecido por dentro, formando un carácter fuerte y decidido, una mirada que se esconde orgullosa, mirando hacia otro lado.
El Prometeo encadenado de Jordaens me pareció una maravilla de lo barroco: lleva hasta el extremo la ruptura de las dos dimensiones medievales. Eso, y la expresividad de la cara de Prometeo, para ver la cual hay que ponerse cabeza abajo, forman una obra maestra.
Otro cuadro que me maravilló fue "El fabricante de plumas" de Lievens. El juego con las sombras y el sol, que entra por la izquierda y por delante, recuerda a Caravaggio, aunque quizá las figuras no estén tan definidas como las del italiano.
Os dejo con las obras, para que las disfrutéis, aunque, como siempre, en vivo mucho mejor.


Bernardino Luini: Ecce homo

Murillo: Magdalena penitente

Anselm Feuerbach: Nanna

Jacob Jordaens: Prometeo encadenado

Jan Lievens: Der Federschneider

jueves, 13 de abril de 2017

Libros.



El curso empezó como había terminado el anterior, y el verano, con la primera parte de "El Señor de los Anillos" en las manos. Un clásico. Siempre es recomendable volver a leer el libro, aunque sea para darse cuenta de la infinidad de detalles y sucesos que no recoge la película.



Y aquello continuó, con un viejo conocido de la infancia-adolescencia, "Corazón de tinta", de la alemana Cornelia Funke, aunque esta vez en inglés. La historia despide por los poros amor por la literatura, los libros, y un fino sentido del humor, con personajes que resultan muy cercanos, y una trama enganchante. Uno de los libros que más a gusto he re-leído últimamente.


En algún momento del curso, di el salto del inglés al alemán, y empecé a leer en la lengua de Goethe. El primer intento, "Erzähler der Nacht" (El contador de historias de la noche), de Rafik Schami, acabó en fracaso, no tanto por falta de voluntad como porque apareció otro competidor más interesante, llamado "Die Weiße Rose" (La Rosa Blanca), de Inge Scholl, la hermana de Hans y Sophie Scholl, los dos conocidos estudiantes que, junto a otros, formaron un grupo de resistencia intelectual y propagandista al régimen nazi. La historia de Hans es especialmente apasionante, aunque el libro en general está más pensado en clave histórica que novelística.


El siguiente libro en caer en mis manos fue "El despertar de la Señorita Prim", de Natalia Sanmartín. Había oído hablar maravillas del libro, por parte de mucha gente. Sinceramente, después de leerlo, puedo decir que, siendo recomendable, no es un libro de esos que dejan huella. Cargado de diálogos interesantes pero no brillantes, el resultado de los mismos y de los acontecimientos es bastante predecible, y el ritmo quizás demasiado lento.

Después de terminar el anterior libro, durante un breve viaje de vuelta a mi tierra, leí en poco tiempo "Correr para vivir", del corredor olímpico Lopez Lomong. Es una historia apasionante, contada con una sencillez asombrosa y a veces demasiado inocente. Es el testimonio de la vida azarosa de una persona que ha sufrido mucho, pero que ha recibido la oportunidad de salir de la miseria, y que por eso se siente eternamente agradecido.

Por último, y aún caliente en mis ojos (lo he terminado hace unas horas), está el tan comentado libro de Alessandro D´Avenia, "Blanca como la nieve, roja como la sangre". El escritor italiano se mete en la cabeza y el corazón de un chaval de dieciséis años, el típico adolescente que no sabe ni cómo se llama, pero que trata de descubrir su sueño, y de conquistar a la chica de esos mismos sueños (esta palabra, "sueño", es, junto con "rojo" y "blanco", la palabra del libro). La historia engancha desde el principio por su lenguaje -desenfadado, juvenil, y soñador-, por los temas tratados -el amor, la felicidad, la libertad, Dios- y por un envoltorio literario, cargado de citas de Dante, Homero y otros escritores griegos. El libro es un éxito comercial, y tanto él como su autor están en boca de todos. A mí me ha gustado mucho, sobre todo por muchas de las ideas que desprende, por el ambiente mental en el que se mueve (el de un chaval que sobre todo sueña y a quien el mundo se le queda pequeño para sus sueños), y porque no es una historia en la que todo sale bien. Sin embargo, pienso que D´Avenia comete dos errores en la historia, que hacen que no me termine de convencer: primero, entre todos los temas fundamentales que trata, se deja uno clave: la amistad. Ninguna historia de amistad verdadera -más allá del colegueo- aparece en el libro. Y ese es uno de los grandes problemas de hoy, la incapacidad de hacer amigos, y la obsesión con hacer sólo romances. D´Avenia cae también en ese error. La segunda pega que le pongo es el final, que no revelo para quien tenga interés en leerlo y no lo haya hecho aún (cosa rara). Sólo diré que me resulta forzado, antinatural: yo no habría terminado así. Pero yo, naturalmente, no soy él.

Hasta aquí la crónica de estas últimas lecturas. Reconozco que no tengo un don especial para hacer reseñas de libros, pero por algo se empieza. Los recomiendo todos. Ahora, a por el siguiente: Rilke.




martes, 11 de abril de 2017

En movimiento


Hace mucho que no cuento nada a nadie en este blog. Quizás no me lee ni su padre. Quizás nunca nadie lo ha hecho. Pero, en realidad, hay mucho que contar. Hay mucho que decirle al mundo. El objetivo de este blog sigue ahí delante, intacto: cambiar el mundo. O ayudar a cambiarlo. Lo más digno de contar que tengo ahora son mis viajes, mis movimientos por este mundo tan bello y a la vez tan atormentado. Tanto me he movido en los últimos meses, que he acabado por cansarme de moverme, cuando aún quedan unos cuantos meses para que acabe el baile. Desde agosto, he vivido en siete ciudades, tres países, y dos mundos. En Bilbao, Madrid, Valencia, Jerusalén, Colonia, Frankfurt y Mainz; en España, Israel y Alemania. En mi pequeño mundo valenciano, y en este sorprendente, distinto y hasta cierto punto cautivador mundo alemán. He estado en algún que otro autobús, en cinco aviones y en Dios sabe cuántos trenes, entre distintas ciudades de Alemania. Entre las joyas visitadas, creo que valen la pena especialmente Münster y Aquisgrán (Aachen), y, por supuesto, la catedral de Colonia. He recorrido arriba y abajo el Rin. Montado en un tren surcando sus riberas he vuelto a escribir poesía de esa de la que te enorgulleces. También he vuelto a tener tiempo para leer con más tranquilidad. Durante el curso han pasado por mis manos Tolkien, Funke, Ratzinger, Scholl, D´ Avenia y algunos más. Espero poder hablar de todo esto y mucho más esta misma semana: libros, ciudades, ríos y poesía, ¿quién da más?

jueves, 22 de septiembre de 2016

Lo humano.


Dos de la tarde. Aún no es verano, pero a estas horas, por Valencia, siempre hace calor. Camino con tranquilidad: llego a casa con tiempo. Por mi cabeza van al trote pensamientos que ya no recuerdo: seguramente recuerdos del día u otras cosas. Pero no tengo los ojos cerrados, y veo cómo, después de una semana, el cartel electrónico –de esos que son varios anuncios que se van ocultando y cambiando por otros- sigue averiado. Paso por delante del anuncio, pensando en que habrá que escribir una entrada en el blog sobre esto. Pero la cuestión no acaba aquí. Al pasar el paso de zebra me cruzo con una madre que camina con su niño. Sólo alcanzo a escuchar una parte de la conversación, que podría ser así: “-Y, las estrellas… ¿por qué no se caen?”. Y la madre, puesta en apuros: “Porque están atadas a los planetas, cariño, y dan vueltas a ellos, como si fueran un yo-yo”. "Aaalaa...". Siguiendo el camino, unas señoras mayores cotilleaban sobre lo de siempre, sobre el vestido de Josefina, lo apañado que parecía el sobrino de Juana y lo mucho que tardaba el autobús. Al llegar a casa, dejé la mochila, y respiré aliviado: “hogar, dulce hogar”.

Y fue esa mañana cuando quedé convencido de que lo humano vencerá cualquier desafío. Quedé convencido de que hay cosas que no son mutables por las ideologías, ya sea el capitalismo comercial, que haría lógico que un cartel averiado se cambie cuanto antes, o la ideología de género, que hace a los niños o a las abuelas que esperan el autobús preocuparse por lo que no les importa, y dejar de preguntarse por lo realmente importante. Quedé persuadido de que lo humano es invencible, de que lo humano prevalecerá, de que los niños siempre harán preguntas, las madres siempre las responderán, las abuelas siempre hablarán alegremente sobre cosas sin importancia, y el hogar siempre será el lugar al que se vuelve, porque está lleno de historias, de preguntas siempre sin resolver y de amores sin condiciones. Por todas partes amores sin condiciones.

domingo, 24 de abril de 2016

Homage to Cervantes.




"Woody Guthrie, te escribí una canción". Así cantaba el primer Dylan a su ídolo del folk. Y algo parecido quería yo escribirle a nuestro querido Miguel. Una canción sobre este mundo nuestro, que, como también cantaba la leyenda del rock, "looks like it's dying, and it's hardly been born". Un mundo que necesita del espíritu del Quijote, que es el espíritu de Cervantes. Y ese es un espíritu de épica, de locura, de humor y de sensatez. Es un espíritu de aventura, de hacer cosas grandes y reírse de ellas, porque lo que importa no es lo que se hace, sino lo que se busca. Miguel, quería escribirte una canción que ensalzara tu vida. Una vida con batallas, con prisiones, con peleas y con Dulcineas del Toboso. Una vida con caminos, libros y diálogos sin fin. Una vida errante a veces pero idealista siempre. Una vida con lo puesto, y a veces también sin ello. 
La vida de las grandes personas es una vida apasionante, en el más puro sentido de la palabra, una vida que tiene dentro el afán por lo eterno, la búsqueda constante de lo infinito y que, por eso, apasiona a quien la contempla o a quien simplemente llega a vislumbrarla de lejos. Una vida que se disfruta hasta el último instante. Y la vida de Cervantes debió ser, como el Quijote, un clásico. La mayor peculiaridad de los clásicos es que nunca pasan de moda. Siglos después de ser escritos, esculpidos o filmados siguen haciendo a este curioso tipo de vida que somos los seres nacidos de vientre de mujer llorar, reír, sufrir y vibrar de la misma forma que hicieron llorar, reír, sufrir y vibrar a quienes los leyeron el día de su estreno. La vida de Cervantes fue un clásico, porque fue la vida de un apasionado, la vida de quien busca sin cansarse, la vida de quien quiere meterse el mar en la boca y de quien ve los ojos de Dios brillar en los ojos del ser amado, la vida de quien sabe que lo humano es tan gigante y extraño que no cabe en cientos de libros, por muy largos que sean. Es la vida de quien sabe que la vida del hombre sobre la tierra es una batalla, una broma, un juego, un viaje y una locura, y que para vivirla es necesario convertirse en un caballero andante que ve en todo un reto, una pasión, un amor y una misión épica. Así fue la vida de ese famoso desconocido que es don Miguel de Cervantes, del soldado, el caminante, el fugitivo, el funcionario resignado y el hombre de letras. La vida del mayor hombre de letras de la cultura española.

Feliz centenario, Miguel, nos vemos pronto entre tus páginas.


lunes, 1 de febrero de 2016

Mankell contra Salinas.



Desde hace unos cuantos años, le tengo verdadera devoción literaria a Henning Mankell. En las páginas de sus novelas se entremezcla la tensión, llevada maravillosamente a lo largo de cientos de páginas, la reflexión existencial y la crítica social. Cuando me enteré de que padecía cáncer, y de que estaba escribiendo su propia muerte -eso entendí yo al principio-, me dio a la vez una cierta pena y expectación por conocer el resultado, por saber cómo una pluma como la suya, no la de un filósofo, pero sí la de un escritor vivencial, narraba lo que sería su propia muerte. Más adelante, cuando vi el libro en una librería, vi claro que tenía que leerlo. Supe que el libro no iba sobre la muerte de Mankell,  sino más bien sobre su vida. Pero he ahí la cuestión: la actitud ante la muerte es la actitud ante la vida.

Lo más interesante de esta autobiografía no es la forma, sino el fondo, o, mejor aún, la persona que se esconde tras el fondo. Pocos expresaron tan bien la búsqueda de la identidad de la persona como Pedro Salinas, cuando escribió:

Lo que eres
me distrae de lo que dices.
Lanzas palabras veloces,
empavesadas de risas,
invitándome
a ir adonde ellas me lleven.
No te atiendo, no las sigo:
estoy mirando
los labios donde nacieron.

No hay, en una biografía, y quizá menos en esta, una búsqueda tan importante. Es necesario pasar por encima de lo meramente explicado, de lo que "aparece" del autor, quitarle -como también dice Salinas- "los trajes, las señas, los retratos" , quedarse con él, con el puro pronombre, y adentrarse en su forma de ver la vida, en su mentalidad. Cuando uno hace esto con el "Tolkien" de la novela negra, advierte, ante todo, un aspecto que se repite a lo largo de todo el libro: la individualidad solitaria de su autor. Henning Mankell habla de su vida, y únicamente de su vida, de sus traumas, de sus aventuras, de sus viajes, de sus momentos de alegría, de sus descubrimientos vitales... Podría pensarse que es lo normal en una autobiografía, pero la verdad es que este dato es precisamente lo preocupante de esta biografía, lo que la hace especialmente cargante y especialmente triste. Porque las vidas que son sólo una son muy pobres. Las vidas que sólo incluyen a una persona que las vive son inmensamente aburridas, y encuentran -como encuentra nuestro autor- frecuentes temporadas de hastío. Mankell se enfrenta ante la vida, pero se enfrenta él solo. No busca ayuda en nadie más, ni en otras personas, ni en Dios, a quien niega, por una "impresión" de que los creyentes lo son por miedo a la muerte. Curiosamente, también afirma -en el que yo considero el mejor capítulo del libro- que sin esperanza no puede haber dios, y él no pierde la esperanza. 
Entonces, Henning, ¿qué? Aparentas esperanza, pero estás más solo que la una, y ¿qué esperas cuando niegas lo único que cabe esperar? Te enorgulleces de una vida que, sinceramente, es poca cosa comparada con lo que habría podido ser, y te enfrentas a la muerte como un estoico. 
Pero nadie puede permanecer estoico hasta el final, porque ningún estoico ha vencido a la muerte. Descansa en paz. 

viernes, 6 de noviembre de 2015

The walking paradox (I).


Una de las paradojas más ordinarias, más cotidianas, y, si se quiere, más discutibles, la encontramos, sobre todo en verano, al salir a la calle. Podría enunciarse así: "lo mejor que tiene el sol, es la sombra que produce". Pocas cosas hay mejores que sentarse, un día de sol, a la sombra de un árbol a leer, escribir, tocar la guitarra, o disfrutar de una tertulia con familiares o amigos. Esto ocurre, a otra escala, también en el campo de las ideas. Las figuras más interesantes, más sugerentes, más heroicas, y en ocasiones las más destructivas, son aquellas que se oponen, en su época, a las ideas que su época enarbola como bandera. La Atenas sofista nos regaló a Sócrates, padre de Occidente; el cartesianismo del siglo XVII nos trajo, como un rayo, a Pascal, que pensaba con el corazón; y, en medio del siglo XX, en un Estados Unidos marcado y herido por la segregación racial, brilla la estela de Martin Luther King, clamando por la libertad. Algo similar ocurre con el autor del que quiero hablar, Gilbert Keith Chesterton. Él es el grano en el culo de la Modernidad.
Este verano he tenido la gran suerte de leer decenas de artículos suyos, agrupados en un libro de ensayos, y he disfrutado enormemente. Chesterton es un autor diferente, alternativo. Sí, quizá esa es su palabra: alternativo. Ante sus obras nos encontramos una mente que parece tan abierta como la de un estudiante universitario, tan preocupada por la sociedad como la de una madre de familia, tan grave como la de un obispo, tan irónica como la de un humorista. Parece que Chesterton siempre te entiende, que piensa como tú. Si Chesterton hubiera sido transportado por una máquina del tiempo de 1915 a 2015, y hubiera sido ubicado en el Paseo de la Castellana, habría mirado a su alrededor un par de veces, habría encendido un puro, y se habría puesto a caminar por las calles, reflexionando sobre lo que veía, sin inmutarse lo más mínimo. Y sus conclusiones, ciertamente, tampoco habrían sido muy distintas de las que sacó en su época: la sociedad de hoy ya tenía entonces puestas sus bases.
Las tres cosas que yo destacaría de Chesterton, después de dedicarme a él con bastante amplitud, son: su dominio de la paradoja, su ironía y su descubrimiento, bajo las realidades más normales, de un mundo de fantasía y de significados encerrados, que conforman una realidad paralela, hermosa, e, incluso, más real que la que vemos cada día.
Chesterton era la paradoja andante, y leyéndole, uno se convence definitivamente de que la realidad, es, ciertamente, paradójica. Una paradoja es una afirmación que, en primer término, debería ser contradictoria, pero que, si se profundiza en ella, se llega a la conclusión de que es más verdadera que cualquier otra afirmación sobre esa misma realidad. Frases tan sugerentes como "supongo que antes o después se suplirá esta carencia, en un sistema comercial que da respuestas inmediatas a cualquier demanda, y en el que todo el mundo parece estar insatisfecho y ser incapaz de conseguir nada de lo que quiere"; "esperaban, sí, pero podría decirse que esperaban el ayer", o "los americanos no tienen nada malo, salvo sus ideales", le coronan como eso, la paradoja andante. Chesterton es eso y mucho más. Es un autor al que hay que volver constantemente, que siempre tiene algo que decir sobre todo. Es un hombre apasionado, un enamorado. Eso, un hombre que supo contemplar lo que tenía delante, enamorarse de lo bueno, reírse de lo malo y de sí mismo, y reconstruirlo todo a partir de lo bueno.


El mejor poema del siglo

Terminé hace poco "Antología de la nueva poesía española" de José Luis Cano. Es una recopilación de poemas de autores del si...