
Gracias, Benedicto, porque, con 78 años, y a poco tiempo de retirarte, aceptaste ser el Padre Común de todos los cristianos, llevar encima todo el peso de la Iglesia, que es mucho más que salir en todas las fotos y que griten tu nombre cientos de miles de personas, que es cargar en tus espaldas las conciencias de mil millones de católicos, y guiarlos por el buen camino, responsabilidad que haría desmayarse al primer segundo a todos esos que te critican. Gracias porque pusiste tu sabiduría de teólogo al servicio de todo el mundo. Gracias, Benedicto, porque te has enfrentado siempre a los problemas de cara, sin ningún miedo a la verdad, porque has sido realmente un Cooperator Veritatis, como reza tu lema episcopal. Gracias porque has rezado por mí y por todos los hombres. Gracias, Benedicto, porque, como buen Padre, en agosto de 2011 me diste las buenas noches bajo las estrellas del cielo de Madrid, después de haber aguantado una tormenta de verano de las que por Alemania dudo que se vean muchas, y que soportamos los dos, aunque en desigualdad de condiciones: tú tenías 83 años, y yo 15. Gracias, Benedicto, porque el lunes tampoco tuviste miedo, y decidiste dejar paso humildemente a otra persona, que seguro será más joven, pero no sé si más sabia y santa que tú. Gracias, Benedicto, porque ese vigor del cuerpo tan necesario para estar en la Sede Petrina lo has perdido por mí. Y, finalmente, gracias, Joseph Ratzinger, porque vas a seguir rezando por la Iglesia, y, por lo tanto, también por mí, hasta el final de tus días, después del cual nos ayudarás más que nunca.
No pierdo la oportunidad de haceros leer este impresionante artículo:
Siempre renuncias, Benedicto.